archivo

Viajes

Cádiz
En esta ocasión, permítanme hablar de turismo. No de factores que afectan al turismo de manera directa y vital. No de nuevas legislaciones retrógradas ni estrategias recaudatorias que a bien seguro (y a tenor de lo experimentado por los que antes estuvieron donde nosotros) tendrán un efecto devastador sobre la actividad. No, hoy hablaré de turismo, de su esencia, su definición. De viajes, de gastronomía y de cultura. Y más cosas.

Hace un par de semanas disfruté de unas breves pero ansiadas vacaciones. Así, siguiendo la petición de Turespaña, me quedé en casa y visité la ciudad vecina de Cádiz. Siempre me sorprende el error imperdonable en el que caemos muchos (quizás demasiados) de conocer destinos lejanos y tener poca idea de lo que tenemos aquí al lado. Seguramente sea también cosa de los mercados.

Llegamos a Cádiz a la hora de comer (en vacaciones madrugar es pecado mortal). El aparcamiento, como en todas las ciudades, difícil. Pero con paciencia y algo de suerte, se encuentra el tan preciado hueco.

En nuestro camino a pie hacia el Casco Histórico nos acompañó una suave brisa marina, aliada durante toda la jornada contra el calor, que dicho sea de paso, poco tiene que ver con el sofoco de nuestra Costa del Sol.

Tras comer en la Plaza del Ayuntamiento (o de San Juan de Dios), nos dirigimos a la majestuosa Catedral, la vieja y la nueva, erigida a los pies del Atlántico, y muestra del tan habitual popurrí de estilos que identifican a nuestras catedrales (barroco y neoclásico en esta ocasión). En 116 años de construcción fueron varios arquitectos los que impregnaron la edificación de su gusto por la estética y el arte de cada momento. Importante destacar la cúpula, de color amarillo, poco habitual en los edificios religiosos y que sin duda es el signo de identidad de la catedral, y la propia ciudad. Personalmente, me llama poderosamente la atención su localización, totalmente accesible por mar y vulnerable por ello a los ataques de los invasores. Indagaré sobre el tema.

A pocos metros y de cara al mar se encuentra el Teatro Romano de Cádiz, el más antiguo conocido en la península y descubierto en 1980 “por casualidad”. Situado también a pie de océano, es además uno de los más grandes y en la actualidad está sumergido en obras de rehabilitación y puesta en valor del recurso histórico. Un motivo más para volver.

Cruzamos la pequeña vía para vehículos y siguiendo el paseo marítimo, tomamos rumbo a la Playa de la Caleta, con su arena fina, anchas orillas y familias disfrutando del verano. La anécdota la puso un señor pato al que avistamos nadando tranquilamente en el mar. Maravillas de la naturaleza.

La Playa de la Caleta pone fin a esta entrada, que tendrá su segunda parte en breve. No quiero que se me cansen en vacaciones.

Anuncios